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Reseñahistórica

HISTORIA DEL CENTRO: Reseña Histórica

Discurso leído por D. Santiago Martín Guerrero, Profesor de Geografía e Historia en el Acto Conmemorativo del cincuenta aniversario de la creación del Instituto Politécnico español de Tánger, celebrado los días 9, 10, 11 y 12 de octubre de 1999

 Buenos días respetables y estimados asistentes a este acto conmemorativo institucional.
Cuando el recién estrenado director, a la cabeza de la Comisión organizadora de este evento, me pidió que aportara estas palabras al acto, argumenté - para defenderme, evidentemente - que entre los asistentes habría, sin duda, gente que conocía la historia del Instituto mejor que yo que sólo llevo cuatro años en él. Se me replicó, despiadadamente, que se había pensado que fuese un profesor y que en este caso, todos los dedos apuntaban hacia mí. Cabía esperar - se me argumentaba - dada mi condición de profesor de historia, esa capacidad para el análisis, esa visón de conjunto y esa claridad expositiva que se presupone debemos tener los profesores. Si bien, en teoría, esto debiera ser cierto, en la práctica, temía mucho defraudar la confianza en mí depositada.

Es por esto por lo que - irremisiblemente - me veo forzado a ocuparles unos minutos de su tiempo, confiando en que las buenas maneras aprendidas en estas aulas, les van a impedir mostrar con bostezos, tosecitas y rebullir de posaderas sobre el asiento, el tedio que puedan producirle mis palabras.

El Instituto tiene una historia material que la mayoría de los aquí presentes conoce mejor que yo. La resumiré brevemente en atención a esa minoría entre la cual podría encontrarme si no fuese porque, conminado por la necesidad de estas palabras, he acudido a la memoria histórica de los "viejos del lugar" que me la han contado. D. Carlos Sánchez Tárrago, administrador que fue de la extinta residencia y secretario del Centro más tarde, escribió un breve artículo en el núm. V de Kasbah titulado "Apuntes para la Historia del Instituto Politécnico Español". En él figuran datos legislativos, de presupuestos, de personal, de alumnos, etc. y a él me remito para quien quiera conocerlos.

Parece descartada la duda acerca de los buenos oficios desempeñados por el obispo Betanzos en la génesis del proyecto que llevaría a la construcción del edificio. Así al menos lo atestigua el betilo o monolito - ya casi un monumento arqueológico - que se puso en el humilde parterre de la entrada. La prudencia aconsejó trasladar el busto al interior y colocarlo en una de las exedras u hornacinas del vestíbulo superior afrontado a una botija de cobre envejecido tan enigmática como inoperante pero meritoria obra de orfebre al fin y al cabo. Abajo quedó el pedestal con una inscripción que, falta de elemento sustentado y ausente el latín de la formación básica generalizada, se convirtió en una adivinanza para la mayoría de los pasantes: IN EPISC. BETANZOS. MEM. Cualquier turista gallego podrá pensar que se trata de una monumento a la ría del mismo nombre.

El busto por su parte, al encontrarse al alcance de la mano se vio y se ve expuesto a la mofa irreverente del alumnado que, un día sí y otro también, le coloca una colilla en la comisura de los labios, le pinta unas gafas con tiza o le pega un muñecajo con chicle para desesperación de bedeles y limpiadoras. D. Conrado Parra, el anterior director de este Centro, bajo cuyas banderas me cupo el honor de servir durante cuatro años, en un noble intento de corregir tanta mofa, y pensando que sólo la ignorancia acerca del personaje impelía a los alumnos a la chanza, escribió en "Kasbah" un preciosa semblanza para explicar la calidad del personaje y mover al respeto hacia tan señera imagen. Resultó vano el esfuerzo y quedó demostrado que el intelectualismo ético de D. Conrado, seguidor de Sócrates en este particular extremo, es una de las muchas utopías que en el mundo han sido.

Los esfuerzos del bueno de Betanzos se vieron coronados por el éxito cuando en el Boletín Oficial del 24 de Febrero del 46 apareció la Orden del Ministerio de Asuntos Exteriores y las obras comenzaron en agosto del año siguiente. El Instituto estuvo terminado en 1948 comenzando las clases en 1949. Fue el curso 49-50 el primero completo que pudo realizarse aquí. La inauguración oficial fue tal día como el próximo martes, doce de octubre de hace cincuenta años. Lo puso en marcha una directiva que -cumplido su objetivo - dimitiría el 31 de diciembre. De ella formaba parte como secretario D. Francisco Cabanillas fallecido este verano a cuya memoria, desde aquí, rindo un respetuoso homenaje junto al de todos aquellos que aportaron algo a este centro y que ya no se encuentran entre nosotros.

De entrada, el solar sobre el que se construyó se presta a elucubraciones sobre fuerzas telúricas, virtudes taumatúrgicas y cábalas esotéricas. No hay nada fehaciente a ciencia cierta, pero se especula con el enterramiento en este lugar de una santa mujer, conocida como Lalla Xafia, tan adornada de excelsas virtudes que su tumba era objeto de venerable visita por parte de las mujeres musulmanas de la ciudad. Algunos quieren recordar cómo, con relativa frecuencia, piadosas damas, con caftán o mandil, entraban en el recién construido instituto para rendir piadoso homenaje y formular sus peticiones al pie de un árbol imposible de determinar hoy día. Si fue así, quede aquí nuestro recuerdo agradecido y la oportuna imploración de toda suerte de divinales venturas para este recinto.

El edificio respondía en su concepción a una doble influencia: Lo imperial y los africano. La arquitectura imperial se puso de moda en la postguerra civil por el prestigio de que gozaban todavía los imperios por aquellas fechas. Y como quiera que El Escorial era el símbolo del Imperio Español del XVI, a no pocos arquitectos no se les ocurrió otra manera de servir al régimen que llenar de pequeños escoriales la geografía española. El Instituto, con sus proporciones apaisadas, sus paramentos rectangulares, sus hileras de ventanas, su frontón triangular y sus dos pináculos achatados, participaba de este estilo neoimperial, trasunto del manierismo arquitectónico del bajo renacimiento español.

Para adaptarse al territorio los arquitectos lo completaron con un cierto sabor africanista y colonial que se mostraba - sobre todo - en la arcada del porche bajo cuyas dovelas uno esperaba ver aparecer a un coronel inglés de Rodesia en calzón corto golpeándose impaciente con una fusta la palma de la mano contraria. Frontispicio y porche desaparecieron con la reforma de 1972. El Colegio Ramón y Cajal, conocido como "el Grupo" ha conservado mejor este aire africanista.

Me parece curioso - y por eso lo comento - el nombre de Instituto Politécnico. No estoy en condiciones de afirmarlo categóricamente pero pienso que tal vez sea uno de los primeros centros de enseñanza media, si no el primero, que llevó el nombre de Politécnico. Mucho más tarde, al comienzo de los sesenta las Escuelas de Formación Profesional pasaron a llamarse Institutos Politécnicos, pero en los años cuarenta, en este tramo medio de la educación, no recuerdo que hubiese ninguno. Este dato y el hecho de que dependiera del Ministerio de Asuntos Exteriores, hasta el punto de que la última instancia académica local era el cónsul, constituyen una peculiaridad de este Centro que me parece digna de señalar.

Para esto sólo se me ocurre una explicación: y es que aquí se pretendió hacer muchas cosas. Se tenía la intención de albergar - así por lo menos lo dice el decreto fundacional - enseñanzas de Bachillerato, de Magisterio, Peritaje "y cuantas estime oportuno implantar la Junta de Relaciones Culturales". Este conjunto tan disjunto de enseñanzas que entonces eran medias y que en España funcionaban por separado, debió mover al legislador a buscar un nombre común que las cobijase a todas y no se les ocurrió otro mejor que el de politécnico. Hoy todas esas enseñanzas han ido desapareciendo del centro. La última en hacerlo ha sido la especialidad sanitaria de análisis clínico, con harto dolor, por cierto, de su último profesor, tan excelente persona como enamorado de la Formación Profesional. Con ellas ha desaparecido también oficialmente - falto ya de sentido - el nombre de politécnico que sólo se conserva en los impresos que no se han podido consumir todavía.

La dedicación a D. Severo Ochoa es cosa muy tardía. Del 92 si no me equivoco, y fue empeño noble del profesorado de sanitaria que, olfateando ya la desaparición de su especialidad quisieron que al menos el nombre quedase vinculado a la medicina y la salud.

Más de 8.500 alumnos de toda clase y condición han pasado por sus aulas. Esta cifra total se distribuye mal a lo largo de los 50 años. La gráfica es ascendente hasta los setenta - justo cuando se acomete la ampliación - para ir descendiendo hasta los tres últimos años en los que, con la incorporación de los niveles de la ESO aumentó en un cincuenta por ciento, aproximadamente. Es de esperar que aumente aún un poco pero no mucho más. Es esa desproporción entre unas instalaciones ampliadas para mil alumnos, ocupadas sólo por 350 lo que le da al centro su calidad material y su prestancia.

Los patrocinadores de la ampliación del comienzo de los setenta no supieron prever el futuro demográfico de la ciudad. Es fácil criticarlos a toro pasado pero, verdaderamente, no era tan difícil olfatear por dónde iba a discurrir la composición etnográfica de Tánger. La emigración española del sur había abandonado ya la ciudad para elegir otros destinos más lejanos y mejor remunerados. Por otra parte, la legislación laboral marroquí, pensada para favorecer el trabajo de sus nacionales, estaba ya en la calle y ponía enormes trabas a este flujo migratorio andaluz que ya se había cortado radicalmente cuando se inauguraron este salón y todo una planta del edificio.

De los profesores, de su variadísima extracción, de su no menos variada formación, de su complicada clasificación, de su diversa situación laboral y administrativa qué voy a decir, contándome yo en su número. Sin duda serán recordados estos días. Sea por la dificultad tan pertinaz que oponían a la concesión del aprobado o la facilidad con que lo concedían; sea por la rigidez en su exigencia de compostura o la laxitud con la que se podía permanecer en sus clases, de todos se hablará. Se hablará tanto de los célebres y de los brillantes como de los grises y anodinos. El tiempo, que suele extender una capa de bondad sobre todo, no va a hacer una excepción con ellos. Incluso aquellos que en su día sufrieron en las cubiertas de sus vehículos el resultado de un desaforado ánimo vindicativo serán objeto de piadoso comentario. Algunos, por las circunstancias en que murieron, o por los muchos años que se mantuvieron en el centro, o por la notoriedad alcanzada en el campo de la ciencia o la literatura, serán especialmente recordados, pero estoy seguro de que cada generación dará un repaso uno por uno a los suyos y los más olvidados, lógicamente, seremos los actuales que no tenemos la suerte de que el paso de los años venga a echar sobre nuestros hombros la piadosa capa de bondad que todo lo perdona. Eso llegará, Dios mediante, en el setenta y cinco aniversario de la fundación del Instituto. Plazca al cielo que todos los presentes podamos acudir puntuales a la cita.

Pero más interesante que estos comentarios y datos que pertenecen a la crónica, me parece la historia. La historia supone encajar la crónica en un nivel más profundo de reflexión que la haga explicable a la luz de fenómenos históricos de mayor amplitud.

En este sentido me parece que podemos distinguir tres etapas históricas en estos cincuenta años: la primera iría desde que se concibió el Centro hasta el final de los cincuenta, comienzo de los sesenta, cuando se había producido ya la plena integración política y legislativa de la ciudad en el joven reino de Marruecos.

La segunda comprendería los años sesenta y setenta hasta el asentamiento en España de la Constitución y del sistema democrático. La tercera llega hasta hoy y pienso que está llamada a durar algún tiempo hasta que se den otras circunstancias históricas que no me atrevo a predecir porque después de la desintegración de la Unión Soviética yo ya no me atrevo a predecir absolutamente nada.

Las condiciones políticas, sociales y económicas de cada una de estas etapas deben haber repercutido necesariamente en el instituto. Y debe haber sido así porque no hay nada inocente ni casual, y menos aún en educación. Trataré de analizar brevemente las características de cada una de las tres etapas y de buscar algunas hipótesis que expliquen el papel que le tocó jugar en ellas al Instituto Severo Ochoa.

La idea de crear el instituto debió concebirse después de la segunda guerra mundial cuando el régimen político del general Franco se hallaba en la más grave de sus situaciones. En efecto, cuando cambia el curso de la segunda guerra mundial y comienza a verse claro que los alemanes van a perderla, el caudillo comienza a hablar de democracia orgánica, a publicar el fuero de los españoles y el del trabajo y a darle a su régimen, al menos, una apariencia parlamentaria. Pero este viraje no sirve para mucho. Cuando acaba la guerra se le niega la entrada en la ONU y se retiran los embajadores de las principales potencias. Sin apenas apoyos internacionales Franco se encuentra en un aislamiento total que coincide con la presión política de los republicanos en el exterior y con el terrorismo del maquis en el interior.

En estas circunstancias Tánger vuelve a ser una ciudad internacional en la que la colonia española es cada vez más numerosa. La constituyen algunos refugiados políticos y numerosos refugiados económicos entre los cuales tengo que contar a mi tía Isabel y a mi primo Pepe, huérfano de guerra. Y es ahora cuando, además del Grupo se piensa en crear un instituto. ¿Por qué precisamente ahora?.

Se me ocurre la hipótesis del escaparate. Tánger es un magnífico escaparate internacional. Eso explicaría la inversión enorme que supuso el instituto, y de la que no gozó ningún otro centro español. Sólo le superó la universidad laboral de Gijón, que también fue otro escaparate. Perdóneseme el uso de una expresión reciente que ha transcendido las circunstancias para devenir clásica, pero había que mostrar que por encima del aislamiento "España iba bien". Y había que demostrarlo no sólo ante Francia e Inglaterra, presentes en Tánger sino ante los mismos republicanos tan abundantes en la ciudad y también ante la población marroquí tan próxima al protectorado. Hay que hacer notar que las inversiones públicas españolas en Marruecos en los años cuarenta y cincuenta fueron, proporcionalmente, superiores a las que se hicieron en España por estos mismos años. Tengo la impresión de que Franco cuidó mucho la imagen de España ante los marroquíes en una época en la que el hambre galopaba por sus tierras peninsulares.

Junto a esta política de escaparate yo pondría como explicación el interés de dos colectivos: La Iglesia católica, por razones que nos llevaría muy lejos analizar, y los comerciantes de alto nivel, importadores y exportadores, que eran la elite social de la colonia española, compuesta en su mayoría por menestrales de todos los oficios y modestos negociantes regentadores de fondas y bares, sin olvidar los simples peones como mi primo Pepe que cargaba gaseosas en los camiones de "La Cigogne". La presión de este segundo colectivo explicaría el interés por la Escuela de Comercio y por la rama Administrativa de la Formación profesional.

En la segunda etapa, las circunstancias cambiaron bastante. Marruecos alcanzó la independencia y Franco superó el aislamiento pero las relaciones entre ambos países no fueron ni lo buenas ni lo intensas que hubiese sido de desear. Da la impresión como de que, disuelta su guardia personal, Franco se olvida de Marruecos y Marruecos de España. En este contexto, con un Tánger cada vez más marroquí y menos internacional, el papel del Instituo cambia. Al escaparate se le ha roto la luna y la formación de cuadros medios no tiene ya demasiado sentido. Es una etapa dificil porque el idioma español comienza a ser desterrado de Marruecos. Las autoridades marroquíes entienden que tres idiomas son muchos y que la presencia de un segundo idioma propio en el norte no era más que un factor de disgregación cuando lo que el país necesitaba era acabar de formar una conciencia nacional que comprendiese todo el territorio.

Se ha culpado a Franco, y a sus gobiernos de esta etapa, de haber abandonado Marruecos y haber permitido que el francés se apoderase también del norte. Es facil criticar pero no se me ocurre cómo hubieran podido conservarlo cuando los vientos soplan en contra. Las calles de Tánger pierden sus nombres españoles y a la entrada de Alhucemas - una ciudad enteramente española, construida de nueva planta - se instala un cartelón en el que se lee Welcome to Al-Hoceima, Bienvenu à Al-Hoceima y nada más.

Pienso que es en esta etapa cuando el instituto cumple un papel y un servicio de presencia testimonial como en ninguna otra época. Hay una cierta desorientación en los poderes públicos que no acaban de conceder un papel definido al Severo Ochoa si no es el de la presencia testimonial compartida con el Centro Cultural que regenta la biblioteca española, una de las joyas de esta ciudad. Junto a este papel principal se le atribuye uno secundario heredado del factor eclesial presente en sus orígenes: la beneficencia. Es lo que se pide al Instituto: que conserve lo que pueda de lo español y que ayude a la gente pobre.

Hay que esperar al primer gobierno socialista para que el panorama comience a cambiar y el papel del Instituto también. Entramos así en la tercera etapa a la que he aludido antes. Felipe González distingue al fallecido rey Hassan II con un trato exquisito y preferente que la inteligencia del monarca marroquí no deja de captar ni de valorar. El intercambio de visitas de los reyes y el papel destacado que Felipe González concede a Marruecos en el conjunto de la diplomacia española harán el resto para que podamos afirmar que, efectivamente, se entra en otra etapa.

Además de esta notable mejora de las relaciones esta etapa se va a caracterizar por otros elementos: La disminución constante de la colonia española hasta reducirla a unos límites que no justificarían, por sí solo, el mantenimiento del centro; la presencia de un número cada vez mayor de marroquíes establecidos en España, considerada por primera vez como tierra de destino y no de paso hacia Europa; el aumento de las empresas españolas presentes en Tánger y la creación del Instituto Cervantes.

Estas nuevas circunstancias justifican un nuevo cambio de rumbo: la liquidación de todas las enseñanzas distintas al Bachillerato, la transferencia al Cervantes de las funciones de presencia cultural y de fomento del español, labores de las que el Severo Ochoa ya no es responsable sino colaborador, y un nuevo papel reservado al Centro: Este nuevo papel es doble: proporcionar a los españoles, establecidos o en tránsito temporal, la posibilidad de que puedan dar a sus hijos una enseñanza española reglada; y fomentar entre las elites marroquíes que envíen a sus hijos a estudiar al Instituto el conocimiento y el aprecio de la realidad española actual con el fin de que las relaciones de todo tipo entre los dos países alcancen un nivel óptimo y una comprensión mutua. Es en este programa diplomático en el que hay que inscribir hoy día la razón de ser del medio centenario Instituto Politécnico español.

Y para terminar habré de decir que si estas hipótesis explicativas no son suficientes siempre nos quedará el recurso a la nariz de Cleopatra para explicar el nacimiento del imperio romano o a la fimosis de Luis XVI para justificar la revolución francesa. A veces los historiadores nos empeñamos en buscar razones muy profundas cuando el curso de la historia puede depender de realidades así de banales. Para un historiador marxista esto sería una aberración pero, en ausencia de dogmas históricos, bien pudo haber una persona concreta que tomó una decisión porque sí, porque a él le pareció, y ya está. En ese caso todas estas hipótesis no serían más que un juego de la inteligencia que a mi me ha satisfecho jugar.

Ya sólo me queda agradecerles su atención y desearles una estancia estos días en Tánger tan feliz como se merecen. Muchas gracias.

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